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Los Pensamientos
del Santo Hermano Alberto
La oración y unión con Dios
Como es la oración, así es la perfección; como es la oración, así debe ser todo el día. En vano nos esforzamos por adelantar espiritualmente a través de otros medios, prácticas y caminos. La oración es condición necesaria para la conversión del alma. Sin la oración es imposible perseverar en la vocación.
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Hay que vivir bajo la mirada de Jesús, nuestro Senor. Basta con que el alma Lo mire, basta con decirLe una palabra, con pensar en Él un solo instante. !Ésto ya es oración! Hay que orar siempre; si no se pide, no se recibe nada.
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Antes de la oración, hay que olvidarse de uno mismo, hay que olvidarse de cuanto nos rodea, hay que sentirse tranquilos.
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La oración no consiste en lágrimas ni en sentimientos, sino en la firmeza de nuestra voluntad y en el cumplimiento de la voluntad de Dios.
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Al pensar en Dios y en la eternidad encontré la felicidad y la paz, que antes en vano había buscado en la vida.
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Las tareas diarias, correspondientes a nuestra propia vocación, tienen el valor de oración, de virtud y de ejemplo, si las realizamos según el querer de Dios. Al mismo tiempo, ganamos el pan que Él nos ofrece.
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Hay que guardar el corazón sólo para Dios; de lo contrario, habrá que renunciar a la esperanza de llegar a la meta de la santidad.
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Una sola imperfección voluntaria impide que el alma siga perfeccionándose y mantenga su unión con Dios.
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Para seguir en comunión con Dios, hay que sacrificarlo todo.
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Puede ser que, en algún caso, mi salvación dependa sólo de algo pequeno; por eso, no hay que descuidar ni despreciar las cosas pequenas.
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No hay motivo de estar inquietas, pues Dios está en nosotras y nosotras en Él. Cualquier otra cosa tiene muy poca importancia.
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Hay que tender siempre a Dios y a la santidad; por eso mismo, tratemos de evitar hasta las más pequenas imperfecciones.
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La unión con Dios es mucho más importante que todos los quehaceres. Sólo unidas a Él podremos hacer el bien. Orar, creer, no dudar. San Pedro empezó a hundirse cuando empezó a dudar.
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No quiero el consuelo del cielo. No me preocupa la condenación. Quiero sufrir con mi Amado. Quiero alimentarme de Cristo. Él vive en mí. No quiero hacer, ni desear lo que se opone a Él. !Santo, Santo, Santo!
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No puedo soportar más esta vida mala, la que nos ofrece el mundo. El mundo es como un ladrón: todos los días y a cada hora nos quita del corazón todo lo bueno, nos quita el amor al prójimo, nos quita la paz y la felicidad. Nos aleja de Dios, nos roba el cielo. Por ésto estoy entrando al convento. Si pierdo el alma, ¿qué me va a quedar?
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Desear el Evangelio es desear a Cristo; es decir, amarlo con todo el corazón, con todo el alma y con toda la mente. Cumplir su voluntad es la felicidad en el amor.
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Vencer espiritualmente en noble lucha, para conquistar el Reino y la Gloria para uno mismo y para los demás por toda la eternidad.
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La gracia que recibimos de Dios libera nuestro espíritu de las malas pasiones, para que podamos entregarnos libremente al Amor, es decir, a Dios.
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Ésta es la tarea más noble de todo pueblo y de toda nación: construir el Reino de Dios. Todo lo demás no tiene importancia.
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La Iglesia es también la presencia continua de santos: personas de fe, esperanza y caridad; entre ellos, quienes vivieron en el mundo hace mucho tiempo, y quienes ahora están viviendo. Muchos de ellos ya están en el cielo, otros muchos, en el purgatorio, otros, aún en esta tierra; todos ellos unidos en espíritu de solidaridad y comunión. Ésto es la Iglesia Catolica, el Cuerpo Místico de Cristo, aunque hay muchos miembros enfermos o muertos.
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Que el Sagrado Corazón de Jesús nos conceda las llamas del Santo Amor. Nos ofrecemos, aceptando las dificultades y los sufrimientos, siempre dispuestos a recibir la cruz, para honrar el Sagrado Corazón de Jesús.
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Si Jesús dice A, es que quiere que nosotros digamos B, C, y así sucesivamente, hasta el final del alfabeto. Y, ¿qué es el final? Es el Santo Amor y la Santa Unión, en la cual Dios entrega todo lo suyo y se entrega a sí mismo. Lo propio debe hacer nuestra alma.
Madre de Dios
Elijo a la Madre de Dios como mi protectora en todas mis dificultades. Quiero honrarla con particular devoción durante toda mi vida y por toda la eternidad.
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La Madre de Dios de Czenstojowa es la Fundadora de ustedes. !Recuerden esto! Ella me guió a lo largo de toda mi vida. (Palabras textuales del Santo Hermano Alberto a las Hermanas y a los Hermanos antes de morir).
Confianza en la Divina Providencia
No nos inquietemos, pues está con nosotros la bondad del Senor, que todo lo tiene en sus manos, hasta los más pequenos detalles.
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No hay que preocuparse demasiado; mejor es rezar un Avemaría ante cualquier problema y dificultad.
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Si algo falta, no hay más que pedir y encomendarse a nuestro Senor, y quedarse tranquilas. Él todo lo remediará.
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Hay que encomendar todos los asuntos a la Divina Providencia, que se encargará hasta de los más pequenos detalles.
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No hay que preocuparse; dejémoslo todo en las manos de Dios.
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El siervo de Dios tiene que estar siempre alegre y tranquilo, sabiendo que encima de él está la Divina Providencia.
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Hay que recibir y aceptar como voluntad de Dios todo lo que nos acontece. También ésto es un medio de salvación.
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Dios no quiere que nos preocupemos de nada, ni siquiera de nuestra propia salvación, pues, en realidad, si queremos hacer algo bueno y no podemos hacerlo, Dios siempre recompensa nuestra buena voluntad.
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Hay que experimentar los milagros de la Divina Providencia en nuestras mismas tareas y atendiendo a los pobres.
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Dios muchas veces permite el mal para transformarlo en bien; para que así Él sea siempre alabado.
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Preocuparse mucho es una imperfección y una tentación. Solamente hay que rezar, tener confianza y recordar que Dios puede remediarlo todo de un modo que sólo Él sabe. La Divina Providencia se encarga hasta de los detalles más pequenos.
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El mundo es muy grande. Si los echan de un lugar, vayan a otro, y siempre estarán bajo el mismo cielo y bajo la protección paternal de la Divina Providencia.
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!Sigamos adelante! Aunque nos aflija algún fracaso y haya tempestades en el mar de la vida, sobre nosotros está Dios, cuidándonos. No hay que rendirse ante ninguna dificultad; hay que estar dispuestos a todo lo que Dios nos pida.
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Jesús, nuestro Senor, sabe cambiarlo todo en bien para nosotros. Entreguémonos totalmente a Él, pues nada ocurre sin su divina voluntad.
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Dios se manifiesta lo mismo en una humilde hierbecita que en la inmensidad del universo.
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Nuestro Senor es bondad infinita, y Él lo tiene todo en sus manos, hasta los detalles más insignificantes. Hagamos la voluntad de Dios, y ésto basta.
Buscando la perfección
Es bueno no tener cualidades especiales; así uno está libre de orgullo.
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Hay que vencerse a sí mismo para progresar en el camino de la santidad. De lo contrario retrocedemos.
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Para ser buenos, hay que querer ser buenos.
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Nadie va solo al cielo. Si rompemos el frasco, el perfume se extiende.
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No sólo nosotros hemos de amar a Dios, sino que, mediante nosotros, los otros también han de amarlo; y ésto es muy bueno.
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El Rey exige esfuerzo espiritual y sacrificio. ¿Qué doy de mí misma? ¿Cómo lucho? ¿Cómo me sacrifico? ¿Cómo trabajo?
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Quiero mi salvación, no tanto por el hecho de salvarme, sino para que se cumpla en mí el Plan de Dios.
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Desde ahora mi perfección será mi única preocupación.
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Dios es la virtud perfectísima. Cumplir las ensenanzas del Evangelio es seguir a Cristo y ésto significa amarlo con todo el corazón, con toda el alma y toda la mente. Así seremos fieles en el amor.
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Desanimarse significa no confiar en Jesús y causarle aflicción.
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No hay que desanimarse nunca; luego de la tormenta, vuelve la calma; pasado el invierno, vuelve la verde primavera.
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A quien Jesús eligió, ni cien infiernos le harán dano.
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Hay que estar animados cuando estamos arriba, y también cuando andamos en el barro o en los precipicios, en los llanos, lo mismo que en los cerros, cuando está nublado y en las tormentas, y también cuando haya que sufrir.
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A menudo pienso que la vida sería de veras miserable si no hubiese la esperanza de conseguir la verdadera vida en el más allá. ¿Le hubiera infundido Dios al hombre tantos deseos y anhelos, si este no pudiera cumplirlos?
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Con el pasar de los anos, llegamos a razonar correctamente; de este modo aceptamos de corazón nuestro propio camino, a sabiendas de que un día tendremos que dar cuenta de toda nuestra vida.
Con Cristo Sufriente - el amor a la cruz
!Ah!, si pudiéramos experimentar el gozo que tenían los santos al verse humillados y despreciados, y esperimentar también todo lo que sufrieron interiormente, podríamos comprender la amargura del corazón de Jesús, y también comprender más fácilmente lo que significa la cruz. Pero, únicamente los corazones que aman de verdad a Cristo, tienen este privilegio.
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Tiene que cambiar nuestro mismo espíritu para que lo desagradable se nos vuelva agradable; para que lo triste nos sirva de consuelo, y deseable nos resulte lo que es molesto para el alma y para el cuerpo.
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Encontrar consuelo en el sufrimiento es un milagro que Dios hace para manifestar su presencia en nosotros en los momentos de prueba y de martirio.
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El amor de la cruz no es algo sentimental. Jesús no tenía menos amor en el Huerto de los Olivos que en el Monte Tabor.
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El amor a la cruz se basa en el deseo que uno tiene de acercarse y parecerse a Cristo, aceptando Su voluntad.
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El alma tiene que decidirse a llevar la cruz sin esperar ningún consuelo.
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Tenemos plena seguridad de que Dios nos consuela y nos da grandes gozos. Las almas bendecidas por Dios experimentan abundantemente Su consuelo, esos gozos que ellas nunca buscaban ni deseaban, pues, lo que deseaban era sólo la cruz.
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"Siendo mi vasija elegida, yo le mostraré cuánto tendrá que sufrir".
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El modo más eficaz de alcanzar la Gloria de Dios es sufriendo por ella, por la Gloria de Dios.
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Que me fortalezcan las cinco Llagas de Jesús. Me ofrezco en cuerpo y alma a Su Divina Majestad, para que libremente disponga de mí. Amén.
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Instituyendo la Eucaristía, Jesús ofreció su Cuerpo y su Sangre. De ese modo, anticipó su Pasión, en la que entregó su Cuerpo y derramó su Sangre para que fueran nuestro alimento.
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¿Podría negarme a aceptar el sufrimiento y la cruz, si ésta fuera Su santa voluntad? Para agradecer a Jesús por su Pasión y Muerte por mí,¿ podría yo negarle algo, sabiendo que Él quiere esto? En ésto y en cualquier otra cosa: "!Hágase tu voluntad!" Para agradecerle por su Cuerpo y Sangre, que Él nos da en la Eucaristía, ¿podría yo negarle algo?
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La cruz es un misterio que exige Fe. La cruz es como una luz que ilumina la mente. Dichoso es quien entrega a Jesús el corazón y recibe la gracia de su amor.
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Hay que agradecer a Dios por todo, aun por los sufrimientos más grandes.
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Si fuimos salvados por su preciosísima Sangre, ¿podremos acaso salvarnos sin sufrir?
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Aunque viviera un siglo, pero sin sufrir, de nada serviría mi vida, ni para mí, ni para la Congregación.
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Hay que agradecerle a Dios por la enfermedad y por la muerte, cuando Él nos las mande.
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!Oh, qué hermoso es agonizar y morir sufriendo!, pues, sufriendo Jesús agonizó y murió en la cruz. Yo deseo de todo corazón una muerte igual.
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Si Jesús nos da una cruz pequena, hay que recibirla y agradecerle por ella, pues también esto es amor de Jesús hacia mi alma.
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Es verdad que el alma sufre, porque es y tiene que ser crucificada en esta tierra, como Jesús fue crucificado por ella.
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El modo más eficaz para dar gloria a Dios es sufriendo por Su Gloria.
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Nuestro Senor dio su vida por nosotros, entregando todo lo que tenía.
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El que ama al Senor crucificado tiene que sufrir en el alma y en el cuerpo, tiene que ayudar a su Amado a llevar la cruz. Ésta es la Ley del Amor.
Amor al prójimo
Hay que ser buenos como el pan; hay que ser como el pan que está sobre la mesa, para todos; del que cada uno puede cortar un pedazo y alimentarse al tener hambre.
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Miro a Jesús en la Eucaristía, y pienso: ¿Hay acaso algo más precioso que Él pudiera habernos dado? Y puesto que Él es Pan de Vida para nosotros, nosotros debemos ser pan para los demás.
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Sin amor, el centavo ofrecido es ofensa, el alimento servido no tiene sabor y el mejor cuidado resulta sin sentido.
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Cuanto más abandonado esté alguien, mayor será el amor con el que se le debe servir.
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Si te llaman a atender a un pobre, anda enseguida, aunque te encuentres en éxtasis, Pues, de esta manera, dejas a Cristo para atender a Cristo en el pobre.
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Si tratamos a los pobres sin consideración, ofendemos a Jesús.
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En el corazón del hombre no pueden existir juntas la gracia de Dios y la insensibilidad hacia la miseria del prójimo, ni tampoco la indiferencia ante las necesidades de la Iglesia.
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Hace ya muchos anos que estamos humillados.