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Como es la oración, así es la perfección;
como es la oración, así debe ser todo el día.
En vano nos esforzamos por adelantar espiritualmente
a través de otros medios, prácticas y caminos.
La oración es condición necesaria
para la conversión del alma.
Sin la oración es imposible perseverar en la vocación.
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Hay que vivir bajo la mirada de Jesús, nuestro Senor.
Basta con que el alma Lo mire, basta con decirLe una palabra,
con pensar en Él un solo instante.
!Ésto ya es oración!
Hay que orar siempre; si no se pide, no se recibe nada.
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Antes de la oración, hay que olvidarse de uno mismo,
hay que olvidarse de cuanto nos rodea,
hay que sentirse tranquilos.
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La oración no consiste en lágrimas ni en sentimientos,
sino en la firmeza de nuestra voluntad
y en el cumplimiento de la voluntad de Dios.
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Al pensar en Dios y en la eternidad
encontré la felicidad y la paz,
que antes en vano había buscado en la vida.
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Las tareas diarias, correspondientes
a nuestra propia vocación,
tienen el valor de oración, de virtud y de ejemplo,
si las realizamos según el querer de Dios.
Al mismo tiempo, ganamos el pan que Él nos ofrece.
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Hay que guardar el corazón sólo para Dios;
de lo contrario, habrá que renunciar a la esperanza
de llegar a la meta de la santidad.
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Una sola imperfección voluntaria
impide que el alma siga perfeccionándose
y mantenga su unión con Dios.
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Para seguir en comunión con Dios,
hay que sacrificarlo todo.
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Puede ser que, en algún caso,
mi salvación dependa sólo de algo pequeno;
por eso, no hay que descuidar
ni despreciar las cosas pequenas.
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No hay motivo de estar inquietas,
pues Dios está en nosotras y nosotras en Él.
Cualquier otra cosa tiene muy poca importancia.
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Hay que tender siempre a Dios y a la santidad;
por eso mismo, tratemos de evitar
hasta las más pequenas imperfecciones.
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La unión con Dios es mucho más importante
que todos los quehaceres.
Sólo unidas a Él podremos hacer el bien.
Orar, creer, no dudar.
San Pedro empezó a hundirse
cuando empezó a dudar.
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No quiero el consuelo del cielo.
No me preocupa la condenación.
Quiero sufrir con mi Amado.
Quiero alimentarme de Cristo. Él vive en mí.
No quiero hacer, ni desear lo que se opone a Él.
!Santo, Santo, Santo!
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No puedo soportar más esta vida mala,
la que nos ofrece el mundo.
El mundo es como un ladrón: todos los días y a cada hora nos quita del corazón todo lo bueno,
nos quita el amor al prójimo,
nos quita la paz y la felicidad.
Nos aleja de Dios, nos roba el cielo.
Por ésto estoy entrando al convento.
Si pierdo el alma, ¿qué me va a quedar?
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Desear el Evangelio es desear a Cristo;
es decir, amarlo con todo el corazón, con todo el alma y con toda la mente.
Cumplir su voluntad es la felicidad en el amor.
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Vencer espiritualmente en noble lucha,
para conquistar el Reino y la Gloria para uno mismo
y para los demás por toda la eternidad.
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La gracia que recibimos de Dios
libera nuestro espíritu de las malas pasiones,
para que podamos entregarnos libremente
al Amor, es decir, a Dios.
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Ésta es la tarea más noble de todo pueblo y de toda nación:
construir el Reino de Dios.
Todo lo demás no tiene importancia.
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La Iglesia es también la presencia continua de santos: personas de fe,
esperanza y caridad; entre ellos, quienes vivieron en el mundo hace mucho tiempo,
y quienes ahora están viviendo.
Muchos de ellos ya están en el cielo, otros muchos, en el purgatorio, otros, aún en esta tierra;
todos ellos unidos en espíritu de solidaridad y comunión.
Ésto es la Iglesia Catolica, el Cuerpo Místico de Cristo, aunque hay muchos miembros enfermos o muertos.
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Que el Sagrado Corazón de Jesús
nos conceda las llamas del Santo Amor.
Nos ofrecemos, aceptando las dificultades y los sufrimientos,
siempre dispuestos a recibir la cruz,
para honrar el Sagrado Corazón de Jesús.
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Si Jesús dice A, es que quiere que nosotros digamos B, C, y así sucesivamente,
hasta el final del alfabeto.
Y, ¿qué es el final? Es el Santo Amor y la Santa Unión,
en la cual Dios entrega todo lo suyo
y se entrega a sí mismo.
Lo propio debe hacer nuestra alma.
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